Orlando Garcia (Español)

No fui criado en un hogar Cristiano, así que las doctrinas y verdades Cristianas eran ajenas a mi. Mis padres no iban a la iglesia, ni tampoco daban indicación de que oraban a Dios. Naturalmente, ellos creían en Dios, de la misma manera que muchos creen en Dios, pero esa creencia no era una que cambiara su manera de ser. Se puede decir que todos nosotros creemos en Dios en una manera u otra. Lo que no comprendemos es que el creer en Dios NO es suficiente para garantizarnos la Gloria de Dios. La Biblia dice en el libro de Santiago, capítulo 2, versículo 19, “Tú crees que Dios es uno; bien haces: también los demonios creen, y tiemblan.” Aunque los demonios creen en Dios, eso no los va a salvar de su destino en el Lago de Azufre.

Fui introducido a la religión cuando tenía aproximadamente ocho años. Un pastor Luterano, hermano de una vecina nuestra, le pidió a mi mamá que mandara a mi hermano y a mí a la escuela Bíblica de verano. Mi hermano y yo fuimos y nos divertimos muchísimo. Mis padres decidieron asistir a la iglesia Luterana por un tiempo, pero la realidad es que no hubo ningún cambio en sus vidas. Ellos continuaron viviendo sus vidas de la misma manera que antes. La Biblia dice en el libro de Segundo de Corintios, capítulo 5, versículo 17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” Como no había la conciencia de pecado en sus vidas, pronto dejaron de asistir a la iglesia, lo cual implicó que yo también dejéé de ir.

A pesar de la falta de ser criado en un hogar Cristiano, sí puedo decir que mis padres me criaron con un deseo de hacer lo correcto. Ellos nos disciplinaban, con cariño, por supuesto, cuando hacíamos mal. La Biblia dice en el libro de Proverbios, capítulo 13, versículo 24, “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece: mas el que lo ama, madruga a castigarlo.” Aunque nosotros nos creemos ser personas buenas, la Biblia dice en Romanos capítulo 3, versículo 12, “.No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno:” Aunque estaba perdido, sin concepto alguno de quién era Dios, ni tampoco tenía el deseo de relacionarme con Dios, nunca sentí el deseo ni presión de pertenecer a ningún grupo juvenil. Mis padres siempre me hicieron sentir “bienvenido” en mi casa, y expresaron su amor para conmigo. Durante mis años de escuela superior, participé en varios deportes. Mis sueños siempre eran de ir a la universidad, y por lo tanto me dediqué mas a mis estudios que a cualquier otra cosa. El bailar, beber, fumar y festejar no eran lo primordiales en mi vida durante mis años escolares.

Después de mi graduación de la escuela superior en Newark, Nueva Jersey de los Estados Unidos, comencé mis años universitarios en la Universidad de Ohio State. Días antes de tomar el avión e ir para Ohio, meditaba sobre mi destino si por casualidad el avión se estrellase. Por primera vez estuve consciente de que esta vida se terminaría algún día y entonces comenzaría mi eternidad. Definitivamente no quería pasar mi eternidad en el infierno, así que le pedí a Dios que me dejara llegar sano y salvo a mi destino, y en cambio yo buscaría una iglesia en la cual podía adorarlo. Como no tenía automóvil en la universidad, la iglesia tenía que estar cerca de mi dormitorio. La única iglesia cerca de mi dormitorio era una iglesia Episcopal. Como esta iglesia no llenaba mi espíritu, dejé de ir. El diablo me recordó que yo había cumplido mi promesa a Dios en buscar una iglesia, así que en vez de buscar otra, desistí en ir. Ahora podía vivir mi vida de la mejor manera posible, viviendo para satisfacer todos los deseos de la carne. Desde mis ocho años, ésta fue la única ocasión que fui a la iglesia. El diablo había logrado que yo apagara el Espíritu de Dios que estaba trabajando en mi corazón.

Mientras tanto, mi hermano había visitado una Iglesia de Cristo en los Estados Unidos, y me pidió que hiciera lo mismo. Llegue a ir a un servicio de la Iglesia de Cristo, pero no sentí el Espíritu de Dios en el culto. Después de mi tercera visita, el director me pidió que trajera el mensaje el próximo domingo. Eso me estuvo bastante extraño. Yo, como visitante, era de traer un mensaje. ¿Qué era lo que iba a decir? Yo estaba perdido sin el Espíritu de Dios en mi. El libro de Romanos, capítulo 8, versículo 9 dice, “Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él.” Huelga decir que nunca mas volví a esa iglesia.

Estaba sintiendo un vacío en mi vida y alma. Este vacío lo trataba de llenar con actividades sociales, con amistades, y con alcohol. Nunca fui una persona para festejar; no me sentía cómodo en ese tipo de ambiente. Nunca se me ocurrió que lo que buscaba era una relación con el Dios del universo. Una experiencia de la cual nunca me olvide fue cuando conocí mi futura esposa en la Universidad de Puerto Rico. Ella era muy diferente a las otras jóvenes. Ella estaba viviendo su vida para la gloria de Dios. Ella me informó que nuestra relación nunca llegaría a nada a menos que yo “naciera otra vez.”(Noten: “salvación”, “salvo”, y “nacer otra vez” son términos Bíblicos refiriéndose al perdón de pecados por Dios, y al rescate de una persona del poder y castigo del pecado. Este es el requisito de Dios para toda persona que desea vida eterna.) No tenía ninguna idea a lo que ella se refería. La Biblia dice en S. Juan capítulo 3, versículo 3, “Respondió Jesús, y díjole: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios.”Como estaba interesado en mi futura esposa, decidí visitar su iglesia. Fui a la iglesia con el corazón y mente abiertos, pero la triste verdad fue que no obtuve nada del servicio. Continué yendo para ver si mi entendimiento se ampliaba, pero fue inútil. No queriendo engañarla, decidí romper la relación y continuar viviendo para el placer de la carne.

Al graduarme de la universidad, debido a que había participado en el programa de R.O.T.C., obtuve una comisión en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, la cual requirió mis servicios. Mi primera asignación fue en Empire, Michigan, de los Estados Unidos, en donde había una estación de radar. Habiéndome criado en la ciudad toda mi vida, y ahora encontrándome en el campo donde solo había 400 personas en el pueblo, la mayoría casados o personas de avanzada edad, me estaba volviendo loco por falta de algo que hacer. Este vacío en mi vida lo traté de llenar trabajando 18 horas al día, siete días a la semana. Un día, un Padre Católico me invitó a su iglesia. Decidí ir, ya que no tenía nada mejor que hacer. Resulta que el día que fui era el día de “ramos”. Sin saber lo que había de pasar, entré en la iglesia, me senté, y esperé que el servicio comenzara. Cuando el Padre entró al santuario, él dijo algo, al cual la congregación respondió; después dijo algo más, y la congregación respondió nuevamente. Así se pasó todo el servicio. Ningún sermón fue predicado. La congregación estaba repitiendo palabras escritas en un libro. Cuando se terminó la misa, lo único que me recuerdo es el salir de la iglesia con un ramo en las manos. Si esto era lo que se llama “religión”, entonces no iba a volver a la iglesia.

Un día después de una reunión en el trabajo, me monté en el auto de un sargento. Él tenía una etiqueta adhesiva en su auto que decía, “Se arriesga cuando se monta en este auto, me voy en el rapto.” No teniendo conocimiento de la Biblia, no comprendía lo que eso quería decir, así que le pregunté al sargento. El me dio la referencia en la Biblia, Primero de Tesalonicenses, capítulo cuatro, versículo 16-17. Él abrió su Biblia y me lo enseñó. Esta fue la primera vez que había escuchado el termino “rapto” y lo encontré bastante interesante. El sargento me preguntó si estaba interesado en un estudio Bíblico, al cual respondí en lo afirmativo. En el proceso de los estudios Bíblicos, la Iglesia Bautista de Empire estaba teniendo una semana de servicios de avivamiento. El sargento me invitó y fui.

Aprendí tantas verdades esa semana, y finalmente comprendí que era un pecador ante Dios, y lo que significaba ser pecador. También comprendí que mis buenas obras no eran suficiente para entrar en el reino de Dios; que Jesucristo pagó todo para facilitar mi entrada en el reino de Dios. ¡Todo lo que tenía que hacer era arrepentirme de mis pecados y confiar SOLAMENTE en Jesucristo y Su obra en la cruz! Durante el servicio del miércoles, con lagrimas corriendo por mis mejillas, pasé al frente, confesando mis pecados, confiando en el pago que Jesucristo hizo en la cruz por mí, y NACÍ OTRA VEZ. Inmediatamente sentí una paz y tranquilidad en mi alma y vida. Nunca en mi vida me había sentido de esta manera.

Al día siguiente empecé a hablarle a todos los que venían a verme sobre lo que Jesucristo había hecho en mi vida. En el libro de Romanos, capítulo uno, versículo 16 dice, “Porque no me avergüenzo del evangelio: porque es potencia de Dios para salud a todo aquel que cree; al Judío primeramente y también al Griego.” Jesucristo ha cambiado mi vida. No, no soy perfecto ni tampoco reclamo serlo. Cristo me ha llamado al ministerio y pronto saldré para el país de México a proclamar el evangelio. Usted también puede experimentar el poder de salvación de Jesucristo. En el libro de Isaías, capítulo 50, versículo 2, la Biblia dice, “Porque vine, y nadie pareció; llamé, y nadie respondió. ¿Ha llegado a acortarse mi mano, para no redimir?”. Jeremías capítulo 29, versículo 13 dice, “Y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.”

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